martes, 4 de octubre de 2011

LA ESPAÑA MUSULMANA 711-1492 d.n.e.


I.- LA INVASIÓN MUSULMANA: EMIRATO Y CALIFATO DE CÓRDOBA. 711-1.031
            La muerte del Rey Witiza en el año 710, supone una división entre los nobles visigodos que se disputan el trono vacante. Rodrigo se impone a los demás nobles y accede al poder a pesar de la fuerte oposición que presentan algunos nobles. La costumbre visigoda en cuestión de disputas por el trono, era la petición de ayuda parte de un grupo a una potencia extranjera, generalmente bizantinos, que intercediera a favor de una parte y diera estabilidad al trono. La coronación de Rodrigo supone la llamada de un antiguo colaborador en Ceuta que trabajaba para los musulmanes en lugar de los bizantinos. Solicitan ayuda al Conde Julián, de Ceuta, pero este tenía un acuerdo con los musulmanes para que fueran ellos los que enviaran tropas, en lugar de los bizantinos, como nueva potencia Mediterránea. El año 711 Tariq cruza el estrecho, derrota a Rodrigo en Guadalete, donde muere Rodrigo, y en lugar de regresar avanza hasta Toledo. En el 712, su superior Muza, reúne un ejército que se suma al de Tariq en Toledo y avanzan hacia el Valle del Ebro y los Pirineos, avanzando hacia Francia, donde son rechazados el 732 por las tropas de Carlos Martel en Poitiers. En 714 toda la península está ya bajo dominio musulmán sin mucha oposición por la nobleza visigoda ni por la población hispanorromana. A partir de este momento Hispania, ahora llamada Al-Andalus, pasó a ser una provincia (emirato) del Califato de Damasco.
            El proceso de conquista fue rápido y eficaz debido a que la población autóctona asimiló fácilmente al nuevo gobierno surgido de la invasión, en gran parte porque la presión fiscal era menor que en el periodo anterior. Se dieron dos modelos de ocupación en función de la respuesta de los autóctonos respecto a los invasores. El primer modelo es la capitulación, donde los visigodos mantienen gran parte de sus derechos y pueden mantenerse dentro del Islam en calidad de conversos (muladíes) o de cristianos (mozárabes)  en calidad de dimníes[1] o protegidos. El segundo se da entre aquellos que plantean resistencia a los musulmanes, donde las tierras son requisadas y repartidas entre los invasores.
            La administración del territorio estaba a cargo de un gobernador emir, primero dependiente de Damasco, a partir del 756 independiente, y a partir del 929 por un Califa que ostenta el poder político y religioso. El visir era el jefe de gobierno que despachaba con el califa y ejecutaba su política. Alguno, como Almanzor, llegó a actuar como un verdadero gobernante. Las kuras o provincias en las que se dividió el territorio estaban gobernadas por un walí. En el norte fueron de origen muladí y colaboraron con los reinos cristianos del norte. En cada Kura había un cadí, que ejercían jueces, interpretaban la ley coránica y aplicaban la justicia. La administración municipal quedó dividida en distritos y estos en aldeas. Finalmente existía cargos adecuados al desarrollo del comercio como el que ostentaba el almutacid, cuya función era vigilar la normalidad en el desarrollo de las relaciones comerciales en los zocos, vigilando la seguridad pública y los pesos y medidas de los comerciantes entre otras funciones. Este sistema administrativo se vio modificado muy poco durante todo el proceso de ocupación musulmana y solo tiene ligeras modificaciones a partir de las invasiones norteafricanas cuando se suman a la administración los ulemas o líderes religiosos que observan la ortodoxia islámica en el comportamiento de sus ciudadanos.
            La composición social de los invasores se divide entre árabes, de los cuáles entraron unos 5.000, yemeníes unos 25.000 y beréberes unos 70.000, conformando un contingente de 100.000 personas, que se repartieron por el territorio peninsular de la siguiente manera. Los árabes se asentaron principalmente en el valle del Guadalquivir; los yemeníes en torno al valle del Ebro; los beréberes en la meseta norte y los campos valencianos. La población judía asimiló fácilmente una cultura árabe y florecieron en calidad de protegidos. Los cristianos que se mantuvieron se llamaron mozárabes y se mantuvieron como protegidos o dimníes, es decir se permitía su culto y estaban exentos de la fiscalidad de los musulmanes y solo pagaban una cuota fija como impuesto por su condición de protegido.
            El proceso de arabización de la península ha generado multitud de debates entre los historiadores, sobre el verdadero alcance de la arabización y sobre la cultura andalusí. En primer lugar, el referente cultural de toda civilización es la capacidad de implantación de su vehículo de comunicación, la lengua, en este caso el árabe común. En este sentido el árabe fue rápidamente difundido entre los ocupados y sirvió de lengua vehicular, adoptada por parte de los tres colectivos religiosos que habitaban Al-Andalus. Esto afirma una aculturación en los territorios ocupados y administrados por los musulmanes, lo que implica un triunfo de la cultura oriental islámica frente a la tradición hispanorromana. En segundo lugar, la cultura andalusí fue una cultura peculiar dentro del ámbito islámico. Se habla de un Islam occidentalizado o hispanizado. Estas afirmaciones se basan en la permanencia de costumbres hispanorromanas entre la población hispanomusulmana. Ejemplo de ello son las costumbres culinarias respecto a la ingesta de vino, muy común entre todas las clases sociales en Al-Andalus hasta el siglo XI. Otro ejemplo es la posición social de la mujer, que aunque no podía participar de la vida pública, era respetada y valorada por toda la sociedad del mismo modo que lo era en la tradición hispanorromana. Por último, hay que añadir que la cultura musulmana lleva implícita una tradición mediterránea fácilmente asumible por la población del ámbito rural más tradicional, y que pudo suplantar la cultura predominante hispanorromana pues modificaba en muy poco sus formas de vida cotidiana.
            El proceso de islamización profunda y radical que vincula a Al-Andalus más directamente con Oriente que con una síntesis de herencia autóctonas y extranjeras que conforman una peculiar sociedad andalusí se completa a partir de las invasiones desde África del Norte, almorávides, almohades y benimerines que traen a la península un sentimiento religioso más profundo e intolerante que radicaliza la cultura hispanomusulmana.
            Durante los primeros años los musulmanes se dedicaron a establecer una red de gobierno y de fiscalidad que atendiese a las peticiones de Damasco. Fue durante estos primeros años cuando se renuncia a proseguir la invasión por Europa tras la derrota de Poitiers, así como se renuncia a la ocupación total de le península tras la batalla de Covadonga en el 718 (algunos autores datan la batalla en el 722), donde se funda el reino Astur, cristiano. Además en torno a los Pirineos se desarrollan unos núcleos de resistencia que en un primer momento de su evolución histórica se vinculan al Imperio Carolingio a través de la Marca Hispánica. Sin embargo, la debilidad de los núcleos cristianos peninsulares hizo que los musulmanes apenas se sintieran inquietos por su presencia. El principal momento de tensión del emirato fue el 740 cuando se produce una sublevación berebere en el Norte de África que pronto se extendió por Al-Andalus lo que originó una debilidad política de Córdoba y el abandono del valle del Duero por los beréberes.
            En el año 750 los Abasíes destronan a los Omeyas de Damasco y casi todos los miembros de la familia Omeya mueren, excepto Abd-el-Rahman que se refugia en Al-Andalus, quien con el apoyo de una parte de las tribus árabes derrotó al gobernador y se proclamó Emir independiente con el nombre de Abd-el-Rahman I, en el 755. Su reinado se extiende hasta el 788. Durante su reinado restauró la unidad política de la Hispania musulmana, tan precaria que los seis emires que le sucedieron a duras penas pudieron mantener. Durante el emirato independiente la despoblación del valle del Duero supuso la consolidación del reino Astur y su avance de fronteras hacia la ribera sur y el sistema central. Otro peligro exterior fueron las incursiones normandas que llegaron por primera vez a Galicia en el 844 y remontaron el Tajo y el Guadalquivir saqueando Sevilla. Pero fue en el interior donde los emires debieron emplearse con más contundencia, especialmente con los rebeldes dirigidos por un muladí originario de la nobleza goda, Omar-ben-Hafsún, quien resistió en la serranía de Ronda hasta el 917, aglutinando entre sus filas a los descontentos beréberes y cristianos.
            En el s. X Abd-el-Rahman III quien gobernó desde el 912 hasta el 961, se erigió en adalid de la ortodoxia sunní frente a las herejías chiíes, y transformó en derecho la autonomía que gozaba de hecho Al-Andalus desde mediados del s VIII. Recuperó el título de comendador de los creyentes y se proclamó Califa. El s. X  fue la época más gloriosa de Al-Andalus. La autoridad del califa se extendió sobre la mayor parte de la península  las Baleares y parte de Marruecos. El régimen basaba su fuerza en una aristocracia de advenedizos árabes y beréberes, mercenarios magrebíes, funcionarios y oficiales de origen servil educados para desempeñar estas funciones desde la infancia, dentro del mismo palacio. Entre estos hombres que constituían la guardia del Califa, había esclavos sudaneses, y cristianos importados de Europa oriental, los saqalibas, capturados entre los eslavos por los caballeros teutones. El primer rasgo destacable de la civilización hispanomusulmana es su base esclavista. También  una sociedad urbana. Las ciudades eran a la vez centros religiosos culturales, religiosos y fortalezas. En ellas  podemos encontrar mezquitas, alminares, escuelas, zocos, baños públicos (hamman)… Todas las ciudades estaban enlazadas por una red de comunicaciones que formaba el armazón económico, más allá del entramado urbano regional, generando un entramado mundial, base del desarrollo del comercio musulmán. En contraste con el resto de Europa en la misma época Al-Andalus se distinguía por la importancia y riqueza de sus ciudades. Cabe destacar que los árabes fundaron pocas ciudades en la península, si no que se instalaron en las que ya existían, limitándose a adaptarlas a las necesidades de su civilización. Naturalmente, Córdoba despuntaba sobre las demás, con cientos de mezquitas, miles de baños y caravaneras,  decenas de miles de tiendas. La gran mezquita iniciada a fines del s. VIII, podía acoger a 5.000 personas. En el 936 los califas instalaron su residencia en Medinat al-Zahra.
El sucesor de Abd-el-Rahman III, al-Hakam II (961-976) mantuvo el poder militar sobre los cristianos y reforzó la frontera, además durante su reinado se desarrollaron especialmente las artes y las ciencias convirtiendo a Córdoba en un referente mundial de la cultura. Su sucesor Hixam II (976-1.013) estuvo dominado por la figura del visir al-Mansur, Almanzor,  que mantuvo una fuerte presión militar sobre los reinos cristianos a los que mandaba repetidas expediciones de castigo y saqueo, llegando incluso a Santiago de Compostela, ciudad sagrada para los cristianos, sobre la que habían articulado un vehículo de propaganda cristiana. Esta presión benefició a las arcas del Califato por medio del saqueo y por la obligación de un tributo hacia el califa denominado paria que debían pagar los reinos cristianos. En el 1002 fallece Almanzor y le sucede hasta el 1008 su hijo Abd-el-Malik.
            El final del califato viene tras la muerte de  Abd-el-Malik cuando pretende establecer en el trono a un descendiente suyo en lugar de los Omeya, sembrando un clima de desorden y revueltas que desembocaría en la atomización del Califato de Córdoba en distintos reinos llamados Taifas.
            La entrada de la nueva cultura a la península supone una revolución económica, no tanto por las innovaciones si no por la generalización de técnicas de cultivo que, aunque proceden de la época romana, son mejoradas y fomentadas por los musulmanes. Al-Andalus debía su prosperidad a la actividad industrial y comercial. En numerosos talleres textiles se trabajaba la seda, la lana y el algodón, donde se fabricaban sederías, brocados, tapices, alfombras… Las únicas monedas de oro que circulaban entonces en Europa eran las bizantinas o árabes, de las cuáles muchas procedían de Al-Andalus. Aunque las técnicas hidráulicas ya estaban inventadas, los árabes los volvieron a poner en funcionamiento y las mejoraron. Perfeccionaron de forma considerable el sistema de acequias de riego, y generalizaron el uso de la noria. No descuidaron la agricultura tradicional, sobre todo el cultivo de trigo, base de la alimentación en forma de pan, sopas y gachas, ni tampoco el cultivo de la vid. Los musulmanes también aclimataron en la península cultivos nuevos como el naranjo, el algodón, la morera y la caña de azúcar.
            La cultura dio esplendor y prestigio del califato. Córdoba, junto con Bagdad y El Cairo, fue uno de los tres polos de la civilización islámica de la Edad Media, y se benefició de las aportaciones de las otras dos. Al-Hakam II (961-976) acogió en la ciudad a los sabios orientales y fundó una biblioteca pública que, aunque no tan rica como la de El Cairo, contaba con más de 500.000 obras. Junto a los libros de religión había tratados científicos, médicos, filosóficos… Las aportaciones de la cultura árabe e hindú completaban la herencia de la Antigüedad griega y helenística. A la biblioteca acudieron médicos, botánicos, astrónomos, matemáticos, filósofos, que tenían a su disposición talleres de copistas.
II.- LOS REINOS TAIFAS, LAS INVASIONES DEL NORTE DE ÁFRICA Y EL REINO NAZARÍ DE GRANADA. 1.031-1.248.
1.      Los reinos Taifas: (1031-1090)
            La división del califato en diferentes reinos, conocidos como taifas supuso el fin de la preponderancia musulmana en la península y el punto de inflexión en el equilibrio de fuerzas entre musulmanes y cristianos. Estos reinos estaban dirigidos por familias de origen, eslavo, berebere y árabes. Poco a poco los pequeños reinos fueron absorbidos por los cristianos o por las taifas árabes, hasta quedar siete de ellas como las más importantes: Sevilla, Toledo, Badajoz, Granada, Valencia, Zaragoza y Murcia.
                        Respecto al desarrollo político y militar de los reinos taifas hay que destacar que su división territorial no significó una desestructuración de la administración califal, sino más bien lo contrario, se potencia el sistema administrativo califal y resulta más efectivo, pues el territorio a aplicar era más reducido y por tanto mejora su aplicación. Sin embargo, en el plano militar los taifas se convirtieron realmente en vasallos de los reinos cristianos del norte a los que pagaban tributo, parias, lo que hizo que fluyera el oro en el norte y por tanto en la Europa cristiana. Además se firmaban tratados de alianza entre reinos del norte y del sur en función de los intereses del momento. No podemos afirmar que el impulso de reconquista esté motivado por un carácter religioso, más bien, es el concepto de recuperación de los territorios perdidos lo que impulsa a la lucha. Para comprender este fenómeno de convivencia nos sirve el ejemplo del Cid, quien trabajó para el rey de Castilla en un cobro de parias al emir de Sevilla, al que defendió ante el rey de Castilla pues éste pretendía un ataque a pesar del pago de parias. Hubo de huir de Castilla y trabajó para la taifa de Zaragoza, derrotando en dos ocasiones al conde de Barcelona. Finalmente, en 1095 conquisto el reino de Valencia, que dirigió hasta 1099, pero dirigiéndolo como un emir, respetando la administración y fiscalidad musulmana, solo que en convivencia con los cristianos. Este es el mejor ejemplo de convivencia y mezcolanza entre los intereses cristianos y musulmanes.
Durante esta época se produce un ataque continuo de los reinos del norte en concreto Castilla que recupera para los cristianos la antiguo capital visigoda, Toledo en el 1085, y deja abierto el camino de la reconquista en el valle del Tajo.
            En el aspecto cultural las artes se desarrollaron profusamente pero observando una especialización: en Sevilla se concentraron los poetas, mientras que la actividad científica y filosófica se desplazó hacia Toledo y Zaragoza. Las influencias orientales en la cultura de taifas se hace patente en la filosofía, donde se empiezan a estudias autores orientales y más concretamente a Aristóteles. En el colectivo judío destacan Granada y Zaragoza como focos culturales más activos, en el primero gobernando más de treinta años este reino y cultivando las letras y los estudios religiosos. En la segunda desarrollando la filosofía y la poesía a través de Avicebrón.
            Hasta mediados del siglo XI no se despertó el interés por las ciencias. Fue entonces cuando se tradujeron del griego al árabe los textos de la Antigüedad. En medicina se volvió a los clásicos cono Hipócrates y Galeno cuyas experiencias fueron enriquecidas entre otros por Ibn Wafid, el más importante de los médicos árabes de Toledo cuyos trabajos se tradujeron al latín y al catalán. No era sólo un erudito, él mismo practicó la medicina y en sus textos menciona la experiencia adquirida en contacto con  los enfermos. Su ciencia era puramente racional, en ella no encontramos elementos tomados de la magia ni de la teología. En filosofía la figura principal es Avicena, que realizó una síntesis entre platonismo y  aristotelismo, por un lado y los principios religiosos del Islam por otro. El literato más destacado del s. XI es el cordobés Ibn Hazem.
2.      Los almorávides: (1090-1144)
            Tras la toma de Toledo por parte de los castellanos y la coronación de Alfonso VI como Rex Hispaniae, hizo que saltara la alarma en el mundo musulmán, concretamente en la taifa que controlaba Sevilla y el Algarbe, dirigida por Al-Mutamid, quién solicitó ayuda a los almorávides (vientos del desierto) que desembarcaron en 1086.
Nacidos a partir de un movimiento religioso en el norte de África, se proponían luchar contra la degradación del Islam y restablecerlo con toda su pureza y rigor. En 1061 se imponen en el norte de África y nada más desembarcar en 1086, derrotan a los cristianos cerca de Badajoz y en Uclés y ponen en peligro la conquista de Toledo. Además expulsaron a  los portugueses de Lisboa, tomaron Valencia en el 1100 y llegaron a cincuenta kilómetros de  Barcelona.
            El puritanismo y rigorismo de los almorávides contrastaba con el eclecticismo y la libertad de costumbres que encontraron en la península. Impusieron el uso exclusivo del árabe, pretendían restablecer el dogma con su pureza original, persiguieron y desterraron a los judíos y mozárabes, que se refugiaron en el norte cristiano. Su poder se vino abajo al cabo de cincuenta años, sobre todo tras la caída de Zaragoza en 1118, la relajación de la moral y la corrupción política, y fueron sustituidos por una nueva disgregación en taifas y una nueva invasión desde el norte, los almohades.
            Durante este periodo se introdujo en la península el cultivo del arroz.
 La situación entre cristianos y musulmanes cambió radicalmente a partir de dos fenómenos: por un lado, la fulminante campaña en la península y el temor a una nueva invasión que retrocediera el avance cristiano a la época del 711, provocó un movimiento de unión de los reinos cristianos que se defendieron de manera conjunta contra el ataque de los invasores norteafricanos, como se demostrará en 1212 con las Navas de Tolosa; por otro lado, se produce una exaltación religiosa de los musulmanes norteafricanos,  como ya hemos visto, pero también de los cristianos que a partir del 1.095 recrean y difunden la idea de cruzada contra los infieles musulmanes, lo que supone añadir al factor militar y político de la reconquista un elemento de profunda religiosidad que atrae la ayuda de los francos del norte (entendiendo como francos a todos los procedentes del norte de los Pirineos, alemanes, ingleses, franceses…).
3.      Los almohades: (1144-1248)
            En realidad lo que precipitó la caída de los almorávides fue la conquista del Magreb por unas tribus beréberes, los almohades (partidarios del Dios único). La ocupación de la península no fue tan rápida y efectiva como los anteriores invasores, más aún, tuvieron que derrotar fuertes resistencias, en concreto la de la taifa de Murcia, dirigida por el emir Ibn Hud, que encabezó un movimiento que prefería unirse al califato de Bagdad en lugar de doblegarse a los almohades, famosos por su rigor y fervor religioso. Fueron los almohades los que trajeron a la península el alcuzcuz, o cuscús.
            Durante la ocupación almohade la capital se instaló en Sevilla, situándose ésta a la cabeza de las ciudades musulmanas en la península. En ella construyeron importantes obras, como la Torre del Oro, que completaba un sistema de defensas en torno al Guadalquivir, así como la mezquita mayor, de la que solo tenemos como testigo actual la Giralda y el Patio de los Naranjos.
            Frente a los cristianos consiguen una importante victoria en Alarcos en Sierra Morena que frena el avance cristiano hacia el sur, pero la victoria no es realmente efectiva, pues la falta de contingentes convierte la victoria en inútil. Además, en los últimos años debieron enfrentarse a Ibn Hud y a los benimerines que se imponían en el norte de África despojándoles del poder. El golpe definitivo lo asestaron los reinos cristiano que derrotaron a los musulmanes en 1212 en las Navas de Tolosa, en Sierra Morena, lo que facilitó el paso de los cristianos hacia el Guadalquivir, donde fueron cayendo poco a poco las ciudades más islamizadas en un periodo de treinta años.
4.      El reino nazarí de Granada. (1248-1492)
En 1232, aún en periodo de dominación almohade, a punto de desintegrarse su poder en Al-Andalus, Muhammad I se proclama emir de Arjona, Jaén, Guadix y Baza. Este hecho no solo pone de manifiesto la inestabilidad que suponía la presencia de invasores norteafricanos, con los cuales no se sentían muy identificados los andalusíes. Además, refleja la necesidad de dar respuesta a la nueva situación creada. Este reino taifa va creciendo y se consolida en 1237 de manera definitiva.
            El reino nazarí de Granada (denominado así por la dinastía en el trono, Nasri) surge en un terreno muy montañoso[2], en las actuales provincias de Jaén, Málaga, Almería, Granada y parte de Córdoba. Esto le permitió establecer un sistema de defensas en torno a su nueva capital Granada, que se convierte en el último testigo de la ocupación musulmana en la península. Para mantener su supervivencia frente a un norte cristiano y hostil cede gran parte de la provincia de Jaén y Córdoba al rey de Castilla al que paga un fuerte tributo como vasallo.
            El reino nazarí no solo resistió por la fuerte red defensiva creada, además, en los territorios cristianos se sucedieron una serie de luchas y enfrentamientos entre nobles y reyes, primero, y después una crisis sistémica y demográfica, que pospuso el avance al sur hasta que la crisis fue superada en el siglo XV.
            Este territorio tiene como característica una población muy homogénea, donde se refugiaron gran parte de los musulmanes expulsados de territorios cristianos, así como algunos taifas como el de Sevilla, que construyó un Carmen[3] en el Albaycín alto. El idioma oficial y prácticamente el único que se hablaba era el árabe. Casi no había población cristiana y la colonia de judíos fue muy escasa.
            La característica, más destacable es el desarrollo económico que alcanzaron, con una artesanía muy rica basada en talleres textiles y sobre todo de seda. La sedería granadina alcanzó un gran valor comercial y era su principal fuente de ingresos económicos. Pero no se debe despreciar la agricultura de huerta en Ronda y Alpujarras que alcanzaron un gran desarrollo. Además hay que destacar la producción de aceite en el norte del reino y dos puertos importantes para sus exportaciones como eran Málaga y Almería.
            Esta prosperidad le viene dada de una relativa tranquilidad con los cristianos y de sus relaciones en los circuitos comerciales musulmanes des mediterráneo que daban salida a sus productos. Ello permitió que pudieran pagar las fuertes parias y que embellecieran la ciudad que tiene un el aspecto más islamizado de toda la península. En concreto construyeron la Alhambra (la roja, por el color de su ladrillo) que concentraba las dependencias reales, una zona defensiva y una serie de barrios artesanos vinculados con las principales actividades económicas. Dividido por el río Darro crecerá el barrio del Albaycín en el que todavía quedan restos de hamman, zocos y caravaneras que dan testigo de su prosperidad económica.
            Pese a dicha prosperidad económica, ésta no se corresponde con un desarrollo del poder político del que nunca estuvo exento las luchas intestinas entre las familias poderosas por el acceso al poder. Podemos distinguir algunos emires ajenos a los nazaríes que se instalaron en el poder como los Mulhacén y los Abencerrajes, que inician un proceso de profunda crisis política en el siglo XIV.
            El final del reino de Granada viene marcado por el fin de la guerra civil entre partidarios de Isabel y partidarios de la Beltraneja en Castilla en 1482, con el triunfo de Isabel. A partir de este momento el asedio es continuo al reino nazarí, que irá perdiendo militarmente poco a poco las plazas más importantes de su territorio. Pero la capital es distinta, mucho más poblada y mejor protegida resiste a un largo asedio, al que finalmente se rinde por las luchas de poder, la escasa visión política de su rey Boabdil, que hizo perfectamente el juego a los castellanos y porque la población estaba cansada y hastiada del asedio y prefirió capitular, no sin antes haber huido muchas de sus familias al norte de África, donde se refugiaron por el apoyo, esta vez sólo logístico de los norteafricanos.











[1] Dimníes o protegidos: adquieren esta condición aquellas personas que profesan una de las otras dos religiones del libro y que por tanto veneran al mismo Dios, es decir, cristianos y judíos. Aquellos que profesaban otro culto son obligados a la conversión al Islam. Durante un tiempo la convivencia fue pacífica y satisfactoria para todos, pero según avanza el tiempo los protegidos son cada vez más presionados por las posturas ortodoxas de los nuevos dirigentes almohades, almorávides y benimerines y muchos mozárabes emigran hacia territorios cristianos.
[2] En los actuales sistemas béticos y penibéticos, entre las sierras de Cazorla, Segura, Filabres, Sierra Nevada, Las Alpujarras, Sierra de Ronda y Sierra de Cádiz
[3] Carmen, tipo de vivienda característico de la región de Granada caracterizada por tener un espacio privado con varias dependencias y un patio interior, que no tenía porqué ser central. La luz entra desde el interior y no sigue un orden establecido en las dependencias. Casi todas se caracterizan por tener varias alturas.